-¡Qué mano!
Formidable derechazo en la jeta del trompa
que lo hizo dar vueltas como un salchichón
sobre la máquina de fiambre.
Y es así como nos echaron de la fábrica
de Caucho, en Constitución.
Y es así como terminaron nuestras
48 horas semanales.
¡Así es como quedamos en la caye!
¡Sin un mango!
¡Otra vez en la caye!
Salimos por Lima
y rumbeamos derechito por Brasil.
Está queriendo amanecer y el humo
de la fábrica se mete entre unas nubecitas
porteñitas, bien engrupidas...
¿Era necesario semejante viaje,
venir de Salta, para ver el arco iris
sobre el techo de una fabriquita, de una bailanta mugrosa?
¿Era necesario semejante trámite,
para que el arco iris entrara
en mi vida, ladinamente, en mi pecho
de gurisito salteño, irreconciliable?
¡Otra vez en la caye!
¡Y sin un mango!
Entramos a trabajar en un tallercito
de cortar tela, en la calle Paso,
pleno Once;
un coreanito cara de River Pley
se acercó y lo mandó al salteñito
a planchar tela.
¡Con una plancha de tintorería!
¡Que infierno cerca de esa plancha!
Ya de noche el coreanito viene
y dice que ya nos podemos ir (¡¿ya?!)
-¡eh, River Pley, vení garpá,
que esta noche hay joda!
-Lin no pagar hasta fin de mes.
Fue lo último que dijo:
el salteñito lo cazó
de las mechas y le enseñó toda
la furia salteño-boliviana,
le puso la cabeza bajo la plancha
de tintorería, la cabeza del amariyo
humeaba, humeaba...
¡Era de ver y no creer!
¡Era de ver y eyacular!
¡Payo de mierda! ¡Ojo de concha inclinada!
¡te guai a volvé a Shangai!
puteaba el salteñito
hecho la piel de Judas.
El salteño, petiso y jetón,
de lejos con aire a Housemann,
lo embocó de entrada
y después se desquitó con la hijita
coreanita de 13 años,
la apretó contra la pared,
le bajó la bombacha
y se la puso
por atrás y en seco.
¡Era de ver y eyacular!
¡Era de ver y eyaculear!
¡Viva Tailandia!
¡Asiática hepatítica!
¡Hija de Li Po!
¡Pindapoy!
Se le derretían las orejas al amariyo
cuando veía cómo la culeaban a su hija.
¡Es virgencita!
La coreanita que se retorcía entre
la pared sucia, despintada
y la pija del salta.
-¡Yamanochuqui ando!
-¡Yamanochuqui ando! -decía.
¡Me están culeando!
¡Me están culeando!
Los vecinos llamaron a los bomberos
justo cuando la leche del Salta
caía sobre la piernita de la ponja.
Los bomberos venían a todo lo que da,
por Pueyrredón, en contramano.
¡Qué bestias!
¡Que aspamentosos!
Caían los manguerazos sobre el tallercito
de cortar tela.
El vapor se elevaba hasta el cielo
y formaba un bello arco iris.
¡Qué llueva, que llueva, los pajaritos
cantan los ponjas se levantan!
Le titilaba el culo a la ponja
y en cada titilar le salía un poquito
de leche salteño-boliviana...
¡Era de ver y no creer!
¡Era de ver y eyacular!
Washington Cucurto
No hay comentarios:
Publicar un comentario